Notas

A medida que el personaje en voz del Dr. Tangalanga se comenzaba a hacer conocido, empezaron los interrogantes sobre quien era. Muchos afirmaban que se trataba de Juan Carlos Mesa, una famoso libretista de grandes cómicos argentinos y que luego protagonizó un popular programa en Argentina llamado Mesa de Noticias. Otros susurraban que era un empresario millonario y extravagante.

Fué tal la curiosidad que despertó este personaje que periodistas, deportistas, músicos y otros artistas lo rastrearon hasta conocerlo.

Aquí algunas notas periodísticas y otros escritos sobre el Dr. Tangalanga

 

porluis
Legendario músico compositor y autor en el rock nacional Argentino 

julioyluis

“Dígale de parte del señor Catapatac…”

“De Cataparca…?”

He aquí un brevísimo ejemplo del surrealismo verbal que se repite en las mas insólitas formas cuando escuchamos los cassettes de este genio underground del humor argentino.

A travez de decenas de años este buen Tangalanga, o bien: Chufiteti, Tarufetti, Taruffi, Garqueta, Raúl Atenas, Raúl Standard, Patitesi, Rigatuso, Sarabeta, Catabeta, Sarangana, o infinidad de nombres inconfesables, ha desenpolvado por la vía capital a la verdaderamente infonfesable sarta de chapuceros que habitan entre todos nosotros.

Es que Sarangana hace que, incautos, seamos ellos.

Es tal el aporte que se da con el interlocutor de cada llamada en esta lista de conversasiones con chantas tarotistas, integrantes de sectas, fabricantes de nada que reciben el azote de luz de conversar y hasta confesar su nulidad, que puede afirmarse que estos diálogos continúan entre todos modificando el propio lenguaje, en un osado y romántico intento del autor para desbaratar la trampa, la trapisonda.

Se diría que aparte de un intensa obra de humor e imaginación conceptual, la obra de Sarangana es profundamente ecológica, y sus frases comienzan a usarse por doquier.

Obviamente, este neolunfardo está repleto de lenguaje: espejaime, buzos con solapa, tejemaneje, el pantalón que generalmente ha sido arrugado por el dueño que es tartamudo, o quen en los días de tormenta usa el cierre relámpago, el avión a galena, el auto marca Pantanglén que tiene siete puertas, o el departamente que la inmobiliaria reconoce por el olor.

Basta analizar algunas de estas invenciones para darnos cuenta del múltiple sentido de la comunicación en una sociedad condicionada por “bromas de las que nadie podría reirse”.

Esto no es nada. Lo imporante aquí es la risa que nos genera, ese sentido de querer repetir la risa y no ya toda la otra locura de estas ciudades y, sobre todo, conociendo al verdadero Sarangana, tener el enorme placer de ver al maravilloso ser humano que esconde.

Luis Alberto Spinetta

 

 

porlandru
Humorista gráfico Argentino.

Si bien ya había oído muchos comentarios acerca de los disparatados diálogos telefónicos del doctor Tangalanga, o Tarufetti, recién hace dos años pude escuchar por primera vez un casete de este extraño doctor. Estaba en una reunión en casa de unos amigos y un señor de apellido Sagasti (fundador del Tangalanga Fans Club), sacó un casete que llevaba en el bolsillo y me hizo conocer estos graciosísimos diálogos telefónicos.

Hacer chistes por teléfono no es ninguna novedad. Quien no recuerda la tradicional broma “Hola, Esta el pintor”? Hasta Luís Sandrini la utilizó jocosamente en una vieja película nacional. Pero desde que crearon el teléfono medido, al final de la década del ’60 (antes se podía hablar horas por teléfono sin que aumentara la tarifa), los chistes telefónicos desaparecieron y casi se extinguiron (por razones económicas), hasta que apareció de pronto Tarufetti y sorprendió a sus interlocutores con la guardia baja, desprevenidos…

Y pisaron el palito.

El casete que me hizo oir Sagasti con las charlas de Tangalanga, además de hacerme reir a carcajadas, por las salidas ingeniosas, improvisaciones y remates graciosos, me hicieron pensar en la paciencia que tiene la mayoría de los argentinos.

Todos sabemos que pueblos, gobiernos, organizacinoes militares, etc., se dividen en dos clases de individuos: los halcones y las palomas. Los halcones son las personas que pertenecen a la línea dura y tratan de imponer sus ideas por la fuerza. Las palomas, en cambio, quieren solucionar cualquier problema por medios pacíficos.

Me llamó la atención que un porcentaje grande de las personas que atendían los llamados de Tarufetti no se enojaban. A pesar de las insistentes preguntas absurdas, surrealistas y disparatadas que hacía Tangalanga, lo oían pacientemente, contestaban inocentemente y de buena fe y, muchos, aguantaban la conversación hasta que llegaba a situaciones límites, cuando empezaban las malas palabras. Pero, existen las malas palabras? Las encuestas realizadas por importantes consultoras dieron por resultado que las palabras en sí no son ni buenas ni malas. Es decir, las malas palabras no existen.

Volviendo al temas de las llamadas de Tarufetti, he llegado a la conclusión de que salvo excepciones de algunos rabiosos, el pueblo argentino es paloma. Es manso. Tiene buena fe. Es inocente y trata de no agredir, por mas que el que lo llame por teléfono lo someta a acusasiones y lo lleve a situaciones díficiles e incomprensibles.

Aquella noche, luego de oir el casete que Sagasti me hizo escuchar sobre Tarufeti, mientras regresaba a casa sonriente recordando los diálogos surrealistas de Tangalanga y refleccionando sobre los halcones, palomas y la no existencia de las malas palabras, un individuo que medía casi dos metros me llevó por delante, me pisó un pié y no se disculpó: -La puta que te parió!-exclamé yo, olvidándome si las malas palabras existían o no.

Al llegar a casa me miré al espejo del ascensor y vi que mi ojo izquierdo estaba muy hinchado. Lo cual me llevó a conclusión de que, para los halcones, las malas palabras existen.

Pero para Tarufetti, que las dice sin maldad con tal de hacer reír a sus oyentes, no existen. Las dice sanamente. Porque Tangalanga o Tarufetti, como la mayoría de los argentinos (aunque algunos halcones no lo crean), es paloma.

Y yo también, caracho.

Landrú

porcaloi
Humorista gráfico argentino

Yo creia que hacer jodas por teléfono era un delito. Debidamente penado por la ley.

En estos tiempos de corruptela -como siempre- y de privatizaciones, no toleramos los delitos oficiales, pero íntimamente siguen seduciéndonos muchas de esas “jodas” en la actividad privada. Ahora las llamamos “transgresiones”. Antes, en el barrio, les decíamos de otra forma. Según la “transgresión” que se cometiera, el transgresor era un atorrante, un puto, un hijo de puta, un maleducado, un chorro, etcétera. El doctor Tangalanga se da gusto de transgredir además los tiempos. El tipo se manda en las mismas aventuras que tanto nos tentaban de pibes, cuando el teléfono era un oscuro objeto misterioso todavía, una invitación para el delito, y no ese elemento del paisaje cotidiano que es hoy en día. Y le permite a uno gozarlo a partir de esta identificación y, a veces, porque el doctor es un profesional después de todo, nos da el espacio para congraciarlo con la víctima y decir: “Pero que pedazo de hijo de puta es el Tangalanga éste!”. Perdón…: “qué pedazo de transgresor!”.

 Caloi

porrozit
Filósofo Argentino

Notas para entender a Tarufeti

Son cargadas teléfonicas? …. Es otro experimento?

– Después de tanto encarnizamiento y tanto arte no permanece inalterable el artificio formal de la cargada, se transforma en otra cosa. Que es lo que busca Tangalanga?

– Uno de los elementos centrales es el problema de la sumisión.

Tangalanga tantea antes el límite al cual es otro es capaz de llegar sin rebelarse.

Lo que mas llama la atención en las primeras escuchadas es que la gente se enganche tanto, es decir que planteada una situación en la que le ponen el pie en la cabeza y no hay rebelión.-

– Si el interpelado se rebela, entonces el diálogo entra en otra variante, la agresión primera es derivada hacia el absurdo. –El agredido es un boludo, no se da cuenta que Tarufeti rompe las reglas de la agresividad. — Tarufeti no se enoja, actúa su rol de agresivo con comodidad, primero lo insulta hasta llegar a provocar en el otro la violencia y una vez allí se desmarca y responde con el absurdo: Pero no ve hijo de… que me está faltando el respeto?

De parte de quien me dice Ud. eso?

– Muchas veces llama haciéndose pasar por un cliente, razón que refuerza, en base al interés que, él que atiende, tiene por vender lo suyo, busca la tolerancia de la víctima. Una explotación de la tolerancia.-

Lista de efectos de Tarufeti

  • Te contagia una facilidad muy expresiva de los insultos.-
  • Te da una onda de diversión ligera que puede tener la faceta ligada a la crueldad, pero que también tiene un carácter muy liberador.

Lista de características del tono de Tarufeti

  • Uno puede decir cosas inverosímiles de sí mismo. Lo que ciega a los otros son las cosas que él dice de si mismo, que se basurea a sí mismo sin problemas, que acepta ser homosexual, boludo, raro y estúpido. Eso desconcierta enormemente porque invierte el sentido de descarga del insulto del otro y lo anula.

– Tarufeti es amado porque hace cómplice al que escucha la grabación de una aventura extraordinaria. Lo que facina y hace amar a Tarufeti es el primer actor de amor de él hacia nosotros, de hacernos participar de su transgresión, de su juego, de su atroz diversión.-

– Después hay que tener en cuenta el placer atroz, el placer de la crueladad tan finamente ejercida, tan artística.

– Es tal su arte que evita el efecto de sordidez. Se ve al conocerlo: no parece malvado ni falluto, es alguien que se mueve en una zona extraña.

El tono de la voz de Tarufeti

  • Tiene la voz de un señor mayor, de un señor muy respetable, que dice las palabras muy cargadas, de manera muy sensual y muy espesa. Esa voz es la carta principal en lo que se refiere a la composición de una escena verosímil.

– Tarufeti, Tangalanga, Tarufi o como lo quiera Ud. llamar es un Jaimito exagerado, Jaimito 50 años después.

– Tangalanga es una experiencia fuerte, pero ni sombra de pesadez o mala onda, es un personaje muy buena en cierta manera, jovial y divertido de una manera benigna.

Alejandro Rozitchner

Mariano Gomez Carchak
Para la revista Argexpress en Barcelona, España.

EL ÚLTIMO GRAN HÉROE

Con 91 años recién cumplidos, el Doctor Tangalanga conserva una lucidez que quisiera más de algún adolescente. El éxito y la fama le llegaron un poco tarde pero eso parece no hacerle mella. Se diría que casi por casualidad, este enorme contador de chistes e insultador profesional devino en héroe de multitudes. Un héroe que a través de sus llamados telefónicos es capaz de tomarle el pelo a cualquiera que haya querido propasarse con nosotros, incluido algún ex presidente. Vida y obra de este personaje increíble, que supo ser amigo de Tato Bores y que tiene en Luis Alberto Spinetta a su principal admirador.

Alguna vez pensó que hubiera pasado si no hubiera existido ese aparato para grabar las conversaciones telefónicas?

No existiría Tangalanga. Tangalanga existe de casualidad. Yo tenía un amigo que estaba enfermo, yo iba a verlo 3 veces por semana, y eso que el vivía en San Fernando y yo acá en el centro, son 35 kilómetros . Yo trabajé 34 años en Palmolive y 23 en Odol, 57 años sin parar. Iba a San Fernando 3 o 4 veces por semana. Un día entró un perrito a la habitación, mi amigo estaba postrado en la cama, muy lúcido y hablaba muy bien, cuando entró el perro me dijo: “¿Vos sabés lo que me cuesta este rope? Porque viene un veterinario de acá de Martinez y nos pasa cada cuenta”. Y me dijo dos o tres cosas del veterinario muy interesantes. A mí se me ocurrió, no sé por qué, y le dije a la mujer: “oíme, dame el teléfono del veterinario, que lo voy a llamar para ver que pasa”. Sin grabar nada, eh. Llamé, y el contestador que tenía el señor decía que tenía que llamar al día siguiente. Fue ideal, porque si me atendía, mi amigo me iba a escuchar sólo a mí. Le dije a mi amigo, lo voy a llamar desde casa y lo voy a grabar, porque me regalaron un grabador y lo voy a estrenar con este tipo. Y así fue, lo llamé, lo grabé y se lo llevé a mi amigo al día siguiente. Esto lo entretuvo, pero a los 3 días estaba podrido del veterinario y compró un teléfono y un amplificador. Los puso a los pies de la cama y me dijo: “hay un sanatorio acá en San Isidro, que asaltan a la gente. A ver que te dicen cuando vos le digas que cobran mal, o que operan mal”. Llamé al sanatorio y por suerte me atendió un tipo y me siguió el tren. Después hice unos 30 llamados más en el lapso de un año. Muchas veces venía Tato Bores porque era amigo de este muchacho Sixto y mío. Tato Bores cuando escuchaba las grabaciones me decía: “¿Quién te escribe los libretos?”. Porque todo salía bárbaro. Mi amigo murió un año después y entonces yo paré, año´65. Pasaron 15 años y en el ´80, yo caigo enfermo con una hepatitis, y la hepatitis se cura haciendo reposo. Estuve 70 días haciendo reposo en casa y en un momento uno de mis amigos me dice: “¿Por qué no aprovechás y llamás por teléfono como hacías en la época que Sixto estaba enfermo”. Y ahí arranqué de nuevo, en el ´80. En el ´85 empezó el auge de los radiograbadores de doble cassettera y ya era fácil copiarlo. Ahí empezó a difundirse más. En el ´94 me decidí a que Tangalanga se hiciera popular y comenzaron las ventas de los CDs con un éxito inesperado.

 

¿Cuál fue su relación con Tato Bores?

Tato era un seco, no tenía un mango. Yo iba a una boutique de ropa para hombres, ahí lo conocí a Tato Bores, que era amigo del dueño. No sé como estaba la plata en esos días, pero me acuerdo que yo le presté a Tato 5 pesos, ¡y me lo devolvió en 3 veces! En 3 oportunidades: me dio 2 pesos, 1 peso y 2 pesos. Fue en el año ´64, ´65.

 

Era un interesado Tato, ¿recién cuando usted le presta plata se hace amigo de usted?

No. Nos hicimos amigos en la boutique. Después cuando ya era popular nos vimos más seguido. Él me llamaba casi todos los lunes para que yo le diga un chiste para contarle al presidente. Y yo le dí varios chistes que sacó al aire. ¡Y los contaba mal! Él los contaba como si fuera un monólogo, él lo hacía rápido, y el chiste no era para contarlo así de rápido. Me acuerdo que un día le di un chiste que creo que se lo contó a Frondizi. El terminaba el show de los domingos llamando por teléfono al presidente y contándole un chiste. Bueno, el chiste a Frondizi se lo contó mal. Resulta que había un tipo que estaba con su amante. La mujer escucha los pasos del marido y le dice al amante: “Es mi marido, salí por la ventana”. El tipo, cagado de miedo, sale. Estaba desnudo, y ve un tipo que hacía aerobismo y se pone a correr al lado de él. El tipo que hacía aerobismo le dice: “¿Usted hace aerobismo desnudo?”. Y el tipo le dice que sí. “Y ese preservativo?”. “Es por si llueve”. Y Tato lo contó así: dijo que el tipo sale a la calle, que estaba desnudo y que estaba lloviendo.

 

¡Cagó el chiste!

Claro, lo llamé al día siguiente y le dije: “Tato, ¡lo contaste como el orto!!”. Pero la gente cuando lo contaba Tato se reía aunque estuviera mal.
¿Siempre le gustó hacer reír a la gente?

Me ayudó mucho para mi laburo. En una reunión donde la cosa no funcionaba para el lado mío, yo siempre metía un chiste. Un día me acuerdo cuando trabaja en Odol, una discusión de un muchacho de Márketing con uno de fábrica. Como al presidente de la firma no le gustaba que hubiera discusiones, le gustaba que fuera una reunión amena, me dice a mí: “oíme, ¿cómo era el chiste que me contaste del boxeador?”. Yo me di cuenta que el quería que rompiera el hielo, así que dije: “El doctor quiere que yo les cuente de un boxeador que estaba peleando, termina el quinto round, llega al rincón más muerto que vivo y le dice al manager: “¿Cómo voy?”. “Y, mirá, si lo ponés knock out… empatás”. Se rieron y dejaron de discutir.

 

¿De dónde surgen los nombres Tangalanga y Tarufeti?

Ojala supiera porque dije Tangalanga. “De parte de quién?”. “Del Doctor Tangalanga”.

 

Fue un rapto de inspiración.

Si, así es. Y bueno, Tarufeti, Rabufeti… Hay un muchacho que se tomó el trabajo de contar todos los nombres que yo utilicé en mis grabaciones y me dijo que son entre 70 y 80. A Spinetta le gusta cuando yo decía: “De parte de quién?”, “De Sarangana”.

 

Aprovechando que lo nombra a Spinetta. Cuéntenos como es su relación con él.

Spinetta tiene grabaciones mías desde hace 20 años. No tiene en el auto un CD que no sea de Tangalanga. Realmente es un tipo muy talentoso, muy buena persona, y desde ya que es un gran músico. Me acuerdo cuando tuvo su último hijo, que fue una nena que se llama Vera. Yo le mandé una cajita de música con una tarjetita que decía: “esto es música y no la mierda que tocan ustedes”. Spinetta me llamó y me dijo: “Únicamente a vos, que sos un genio, se te puede ocurrir una cosa así”. Otra vez lo fui a ver a un show en el Gran Rex, en los camarines le dije: “Escuchame, los músicos que tenés son muy buenos, pero el mejor es el pianista”. Claro, no tenían piano. La verdad es que mi relación con Spinetta es muy linda.

 

¿Cómo definiría el humor? ¿Qué importancia tiene en su vida?

Yo no pensé en el humor, me salió solo. Empecé a contar chistes, ocurrencias, como la del boxeador: “Lo ponés knock out y empatás”. Te diría que no tengo un pensamiento de por qué el humor. Pero siempre me llamó la atención gustarle tanto a gente con mucho talento, como por ejemplo Spinetta o el Doctor Gustavo Bossert de la Corte Suprema de Justicia. El humor en el caso mío estaba incorporado, venía incorporado. Siempre me gustó el juego de palabras, hacer versitos: “Si Cristo murió en la cruz con tres clavos solamente, como no muere tu hermana que la clava tanta gente”. Eso lo digo muchas veces cuando encuentro un teléfono que tiene contestador. Mirá una cosa de los shows de Tangalanga, otro versito que hago en vivo: “Cada vez que considero que tu amor es tan ingrato, me meto el tubo en el… (gesto de apuntar el teléfono al público que grita estilo cancha de fútbol) ¡¡¡ORRRRTOOO!!!, y lo dejó estar un rato”.

 

¿Me podría decir de qué nos reímos los argentinos?

Siempre pensé en cuanto a como se ríe la gente, que la gente se ríe muy fácil. Hay un cuento que me lo escucharon 10 veces, y sin embargo se ríen siempre. Yo creo que es más fácil hacer reír, que llorar.

 

En el caso suyo, me parece que más de los chistes en sí, la gente se ríe de cómo los cuenta.

Yo creo que el chiste en primer lugar tiene que ser un buen chiste. Y en segundo lugar, hay que contarlo sin trastabillar, como por ejemplo: “¿Cuándo tu mujer hace el amor, grita?” “Y, mirá, hay veces que estoy en el café y la escucho”. Tiene que ser así, seguido. Verdaguer, por ejemplo, contaba un chiste, no trastabillaba nunca, y no decía ni una mala palabra. Yo lo escuché mucho a Verdaguer.

 

¿Cuándo usted hace sus bromas telefónicas, casi siempre llama a gente que de alguna u otra forma ha actuado mal, o se ha aprovechado de terceros. ¿Se siente un justiciero, una especie de super héroe o vengador telefónico?

Sí, me siento como que jodí a un tipo que es muy jodido. Por ejemplo, hubo llamados donde me encontré con gente muy accesible y no los cargué. Pero en cuanto llamo me doy cuenta enseguida si es una persona para cargar violentamente o no.

 

¿Qué es lo que le impulsa a hacer esas llamadas, el divertirse un rato o un afán justiciero?

A mí me gusta mucho cuando veo a la gente que se ríe. Y yo hacía las grabaciones porque veía que a la gente le gustaba y se reía. Lo principal del chiste es que sea bueno. Hacía muchos años había un chiste: “Vos, cuando terminás de hacer el amor, ¿hablás con tu mujer?”. “Y, mirá, si tengo un teléfono a mano…”. Otro cuento que es muy eficaz y se conoce poco: Un matrimonio, 35 años de casados, cada vez hacían menos el amor. Siempre se quedaban dormidos, él con una mano sobre el pecho de ella, y ella con una mano sobre el miembro de él. Un día ella descubre que este tipo tenía otra mujer y le pregunta: “¿Oíme desgraciado, qué tiene esa tipa que no tenga yo?”. “Parkinson”, le dice él. Otro muy efectivo: “En un manicomio no alcanzaba la guita para darle de comer a todos, entonces reunen a todos en un patio para ver a los que estén un poco mejor y decirles que se vayan así queda un poquito de comida para los demás. El director del manicomio lo mira a uno de ellos y le dice: “A ver vos, ¿6 x 6?”. “¡Mil!”, le responde. El director dice: “Este no está bien”. Le pregunta a otro: “6 x 6?”. “¡Martes!”. “No”, dice el tipo, “este tampoco”. Agarra otro: “¿6 x 6?”. “ 36” , le responde el loco. El director contento le dice: “Bien, muy bien, ¿y vos cómo sabés?”. “Y… mil dividido martes…”. Es un cuento limpito y no falla nunca.

 

Tiene un famoso llamado a un ex presidente de la Argentina …

Sí, pero prefiero no decir a cual. Lo llamé para ofrecerle asesoramiento jurídico y cuando le quise dejar mi número, el agarró para anotar y yo le dije: “4853- 34568947” . “¡¿Cómo?! Me sobran números”, me dice. Me daba calor decirle que se los metiera en el orto, así que le respondí: “No, pero dividido dos” Y el me responde: “Ah”.

 

Y fue el presidente de los argentinos… Así nos va. Además del ex presidente, otras 3000 víctimas han sucumbido ante su amplio bagaje de improperios. Con tantas y tantas llamadas, ¿su mujer nunca lo quiso matar al ver la cuenta de teléfono?

No, para nada. ¿Qué pudo ser? 100 pesos más por mes. Mirá ahora, hago la fiesta en la Trastienda , están todas la entradas agotadas hace más de una semana a 25, 30 mangos, con eso puedo pagar el teléfono 10 años.

 

Hay miles y miles de fanáticos de sus llamados, no sólo en Argentina sino en otros países como Chile, Uruguay, Nicaragua, Brasil y sus bromas telefónicas han llegado incluso hasta a España. ¿Alguna vez se imaginó algo así?

Fui a Chile dos veces, a México dos veces, a Paraguay una, a Uruguay dos, pero no me entusiasmó mucho. No te olvides que tengo 91 años, llega la noche y yo, ya estoy cansado. Un señor me llama siempre desde Barcelona que no sé quien es, me llamó incluso para felicitarme por mi cumpleaños. Hay otro de México, un millonario, tiene 3 fábricas de hilado, 4000 obreros, loco por Tangalanga. Me manda regalos permanentemente, es muy común que me mande 500 dólares cada 3 meses. Porque dice que yo lo hago vivir mejor.

 

¿Nunca fue a España?

Nunca. Parecería que allí andaría bien, porque se ríen mucho de las puteadas. Me acuerdo también que en México, cuando llamaba para hacer bromas no me entendían, no se daban cuenta que los estaba cargando. A uno lo llame porque vendía un helicóptero, le pregunté: “El suyo, es helicóptero con h, o con hélice?”. No, con hélice”, me dijo. A otro que vendía un biombo, le digo: “Yo quisiera comprar un biombo porque me gusta espiar, fíjese señor si hay alguno detrás del biombo”. “No, no, estoy solo”, me dice. “No, fíjese bien”. “Es que no está en esta habitación”. “Vaya entonces a la otra habitación y fijese”. Y el tipo fue y volvió: “No, estoy solo, ya le dije”. “¿Pero revisó bien?”. “Sí”. Bueno, podría haber estado horas.

 

Cuando no caen se pierde la magia de los insultos, pero igual es divertido.

Claro, me pasó también que me llamó Jorge Rial para que vaya a su programa a hacerle una joda a Cacho Castaña. Me dijo: “acá el único que puede putear en televisión es Tangalanga”. La cuestión es que lo llamo y le digo: “Perdone, ¿usted es el autor del famoso tango “Café la humedad”?”. Me dice que sí y yo entonces le respondo: “Pero señor, apenas si había neblina y usted puso que había humedad”.Después le digo que el tiene muy linda pinta y que eso lo ayuda, que participó en un concurso de belleza y ganó el segundo premio. Pero que el primer premio se lo llevó un perro. Y para terminar le recordé aquel concurso en el que se había llevado dos medallas: una por boludo, y otra por si la perdía. Me respondió que se había guardado las dos. Se tomó bien la broma, no enbroncó.

 

¿Le pasó que alguien lo reconozca sólo por la voz?

Muchas veces. El otro día me subo a un taxi y le digo: “Arenales y Suipacha”. “Maestro, ¿sabe cómo me hace reír usted?”, me dice el tipo. “Oíme, te dije dos palabras”. “¡Y cómo no lo voy a conocer maestro!”. Cuando llegamos a destino le pago y me rechaza el dinero diciéndome que con lo que el se divierte conmigo, él me tendría que pagar a mí. Insistí pero no hubo caso, no me cobró.

 

Suelo cerrar mis reportajes pidiéndole a mi entrevistado que me cuente su vida en un minuto. ¿Se atreve con el desafío el doctor Tangalanga?

Yo nací en la calle Pozos y Carlos Calvo. Mi viejo tenía una fábrica de calzado. Yo era el menor de nueve hermanos, y por lo tanto era el mimado. Soy el único que quedé. Trabajé en Odol y en Palmolive, 57 años en total. Y ahora estoy con Tangalanga, que me ayuda a vivir cuando tengo 91.

Bueno, muchas gracias, ha sido un gusto enorme haberlo conocido.

La verdad, pibe, me encantaría poder decir lo mismo.

 

* Me llamo Mariano Gómez y las notas, cuentos y demás cosas que publico y escribo las firmo Mariano Gómez Carchak, es el apellido materno, y me ayuda a salir del anonimato del Gómez, ese del que tanto gusta el Dr. Al Doc lo conocí en mi tierna y pelotuda adolescencia por unos cassettes que me alcanzó un tío, te hablo del año 87, 88 aproximadamenten. Morí de la risa con las jodas de la revista Antena en el Mundial 86, con dentaduras sonría ya, y tantas otras obras de arte inmemorables (qué palabrita me inventé, viejo). Me gusta escribir, y viviendo en España se dio la posibilidad de publicar artículos mensuales para una revista de Barcelona que se llama Argexpress. Al volver a vivir a la Argentina continué mis colaboraciones con dicha revista y además comencé a realizar reportajes para ellos. . Tengo la intención de publicar en el futuro un libro sobre el humor y de qué nos reímos los argentinos. Y claro, no podía faltar el viejo del orto. Así que tuve la posibilidad de conseguir su teléfono, hablé con él en reiteradas oportunidades y para mí desdicha jamás me insultó ni un poquito. Concerté una entrevista y bueh, aquí la tienes. Como conté en la web, el mismísimo 24 de diciembre me llamó el Doc por teléfono, yo creía que para desearme felices navidades o para hacerme alguna joda, pero no, tenía mi número y no sabía de donde carajo lo había sacado. Tuve la gran oportunidad de hacerle entonces yo una broma a él, pero no pude, qué se yo, vos hablaste con él por TE alguna vez?, ese vozarrón intimida loco, imposible hacerse el piola con el capo. Me contó alguna de sus tantas aventuras, me tuvo como una hora al TE y luego chau, felicidades y metete el pan dulce ahí donde no llega el sol.